Sparky era un pequeño dragón con escamas de color verde brillante y la sonrisa más feliz de todo el valle. Vivía con Mamá Dragón, Papá Dragón y todos sus tiernos primos dinosaurios.

Una mañana soleada, Sparky quiso caminar solo, como los grandes dragones.
¡Bamboleo, bamboleo… plop! Se sentó.
"¡Puedes hacerlo, Sparky!" - vitoreó mamá.
¡Bamboleo, bamboleo… paso, paso, PASO!
"¡Hurra!" todos rugieron. ¡Sparky estaba caminando!

Después del almuerzo, Sparky quiso probar algo aún más grande. Quería escupir fuego, igual que papá.
Respiró hondo y… ¡soplo! Sólo salió un poco de humo.
Lo intentó de nuevo. Puff, puff… ¡achú! Sólo una pequeña nube.
El labio de Sparky empezó a temblar. Hacer fuego fue difícil.
Mamá lo envolvió en un gran y cálido abrazo. "Inténtalo una vez más, pequeña", susurró. “Agradable y lento.”

Entonces Sparky cerró los ojos. Respiró profundamente durante todo el día. Y luego…
¡Vaya! De ella surgió una pequeña y cálida llama, lo suficientemente grande como para tostar un pequeño malvavisco.
"¡Hurra por Sparky!" toda la familia aplaudió.

Esa noche, Sparky era un pequeño dragón con mucho sueño. Había caminado. Había hecho fuego. Se había reído y caído y lo había intentado y lo había vuelto a intentar.
Mamá y papá curvaron sus alas a su alrededor, suaves y cómodas.
“Buenas noches, pequeño y valiente Sparky”, dijeron.
Y Sparky sonrió, aspiró una última bocanada de humo y se quedó dormido para soñar con el mañana.

El fin. 🐉

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