La noche caía sobre el mar.
Allá arriba, las olas se aquietaban. Abajo, las lucecitas del plancton luminoso se apagaban, una tras otra.
Todo el océano se preparaba para dormir.
Todos, excepto una pececita llamada Pearl.
Pearl se meneaba. Daba vueltas. Chocó contra la aleta de Papá: una, dos, tres veces.
—¡Todavía no tengo sueño! —dijo Pearl.

A Papá no le molestaba.
—Entonces ven conmigo —dijo con ternura—. Te enseñaré cómo duerme el océano.
Juntos se adentraron nadando en la suave oscuridad azul.

Primero visitaron el arrecife de coral.
Entre las ramas rosas y naranjas, los pececitos del arrecife descansaban sin hacer ruido.
Tenían los ojos abiertos porque los peces no tienen párpados.
—Buenas noches, pececitos —susurró Pearl.
—Tú también puedes descansar ya —dijo Papá.
—¡Todavía no! —dijo Pearl en voz alta.

Siguieron nadando. Un poquito más abajo.
En el fondo arenoso descansaba una estrella de mar. Sus cinco brazos estaban inmóviles.
No se meneaba. No daba vueltas. No se movía en absoluto.
—Buenas noches, Estrella de Mar —susurró Pearl.
—Tú también puedes descansar ya —dijo Papá.
—Todavía… no —dijo Pearl, un poquito más bajito.

Siguieron nadando. Un poquito más abajo todavía.
Dentro de un acogedor hueco entre las rocas, un pulpo dormía profundamente. Había recogido sus ocho brazos alrededor del cuerpo, como una suave manta.
Mientras soñaba, su piel cambiaba despacito: del gris al morado, del morado al azul.
—Buenas noches, Pulpo —susurró Pearl.
—Tú también puedes descansar ya —dijo Papá.
—Solo un poquito más —murmuró Pearl.
Entonces soltó un pequeño bostezo.

Nadaron de vuelta hacia la superficie iluminada por la luna.
Allí, en la inmensidad del agua tranquila, descansaba una gran ballena.
Era tan grande como una colina.

Despacio, subió para respirar.
Inspiraba… y espiraba…
Después flotó en paz bajo la luna plateada.
Inspiraba… y espiraba…
Muy despacio. Con mucha calma.

—Buenas noches, Ballena —susurró Pearl con la voz más bajita de todas.
—Tú también puedes descansar ya —dijo Papá.
Pero Pearl no respondió.
Papá sonrió.
Le sujetó con ternura la pequeña aleta y juntos nadaron hacia casa.

El agua cálida los mecía suavemente.
De un lado a otro. De un lado a otro.
Todo el océano parecía respirar al ritmo de la ballena.
Inspiraba… y espiraba…
Despacio. En silencio. Profundamente.
En casa, en su acogedor rincón entre dos piedras lisas, Pearl se acurrucó junto a Papá.
Sus ojos siguieron abiertos, como los de todos los peces. Pero dejaron de moverse.
Sus aletitas dejaron de agitarse. Su cola dejó de dar vueltas.
Escuchó cómo Papá respiraba a su lado.
Inspiraba… y espiraba…
Igual que la ballena.
El plancton lanzó un último destello soñoliento.
Las olas mecieron suavemente el mar.
Y la pequeña Pearl por fin se quedó dormida.


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