En las afueras de un pequeño pueblo, en una casita con el techo de paja muy deteriorado, vivían una viuda pobre y su hija. Aparte del modesto techo que las protegía y unas pocas gallinas, no tenían nada. Casi siempre comían únicamente lo que la madre recogía en el bosque durante el verano, y el único dinero que poseían era el que la hija ganaba vendiendo huevos en el mercado. Con él podían comprar al menos pan y zapatos calientes para el invierno.
Un día de verano, la madre no se encontraba bien, así que su hija fue al bosque a recoger fresas. Envolvió una rebanada de pan duro en su delantal, tomó una olla grande y se puso en camino. Cuando hubo llenado la olla de fresas silvestres, se sentó junto a un pequeño pozo para comer. En aquel momento apareció junto al pozo una anciana vestida con ropas rotas. Parecía una mendiga.
“Querida niña, ¿tendrías un pedacito de pan para mí? No he probado bocado desde ayer”, preguntó la anciana.
“Claro que sí, abuelita. Con mucho gusto le daré toda la rebanada”, respondió la niña de buen corazón. “Solo espero que no esté demasiado dura para usted”, añadió con atención.

La anciana se alegró muchísimo. “¡Gracias a Dios, querida niña, gracias a Dios! Como me has ayudado, debo darte algo a cambio. Aquí tienes una ollita. No es una olla corriente: es mágica. Si le dices ‘¡Ollita, cocina!’, preparará todas las gachas que quieras. Cuando tengas suficientes, solo tendrás que decir ‘¡Ollita, basta!’, y dejará de cocinar de inmediato. Únicamente debes recordar exactamente qué palabras decir.”

En cuanto entregó la ollita a la niña, desapareció.
La hija corrió a casa y enseguida le contó a su madre el extraño regalo de la anciana. Su madre propuso que lo probaran inmediatamente. La niña puso la ollita sobre la mesa y dijo con timidez: “¡Ollita, cocina!”
Lo que vieron las dos mujeres era increíble. En un instante, la ollita se llenó hasta el borde de deliciosas gachas de avena. La hija dijo rápidamente: “¡Ollita, basta!” La olla dejó de cocinar, y las mujeres tomaron sus cucharas para probar la comida.

¡Mmm, qué ricas! Las gachas sabían a gloria. Ninguna de las dos había comido jamás algo tan maravilloso. Cuando terminaron toda la ración y se relamieron, la hija aún tenía que recoger los huevos de las gallinas y apresurarse al mercado.

Mientras esperaba en casa el regreso de su hija, la madre no dejaba de mirar la ollita mágica. Entonces empezó a sentir hambre. Aquellas gachas habían estado tan, tan buenas… Le habría encantado comer otra olla entera. Y la joven seguía sin aparecer.
Al cabo de un rato, la madre no pudo resistir más y dijo con hambre: “¡Ollita, cocina!”

Fue a buscar una cuchara, pero cuando regresó las gachas ya se desbordaban de la ollita y caían sobre la mesa. Asustada, no sabía qué hacer. Corrió a buscar una olla grande para colocar dentro la pequeña olla desbordada. Sin embargo, cuando volvió, las gachas ya caían de la mesa al suelo y avanzaban por toda la habitación.

La madre intentó con todas sus fuerzas detener aquel río de gachas. Gritó todas las órdenes que se le ocurrieron:
“¡Ollita, detente!” “¡Ollita, para!” “¡Ollita, termina!” “¡Ollita, no me hagas enfadar!”
Pero ninguna de aquellas eran las palabras correctas para detener la olla mágica. Las gachas comenzaron a inundar toda la casa, y la mujer tuvo que subir al tejado y sentarse detrás de la chimenea para no ahogarse en ellas.
¡Y ojalá el desastre hubiera terminado en la casita! Las gachas salieron por las puertas y ventanas y empezaron a extenderse por todas partes. Inundaron el camino y los alrededores, mientras la ollita seguía cocinando más y más. La pobre viuda contemplaba el desastre desde el tejado, pero no podía hacer otra cosa que retorcerse las manos. Seguía sin saber cómo detener la olla.

Quién sabe cómo habría terminado todo si en aquel preciso momento su hija no hubiera regresado del mercado. Al ver el desastre, la niña mantuvo la calma y gritó: “¡Ollita, basta!”

Por fortuna, aquellas eran las palabras correctas y el torrente de gachas se detuvo. Para entonces, sin embargo, había más que suficiente por todo el pueblo. Los campesinos que regresaban de su duro trabajo en los campos no podían atravesar la montaña de gachas, así que tuvieron que abrirse camino comiéndoselas hasta llegar a sus casas.

Bueno, quizá aquellas sabrosas gachas les vinieron muy bien después de un día tan largo. Una cosa es segura: gracias a la ollita, la niña pobre de buen corazón nunca volvió a pasar hambre.
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